Restaurante La Cabra

Hace unos días Marta y yo fuimos a celebrar una fecha especial a La Cabra. Buenas referencias, una página web muy chula y 1 estrella Michelín nos hicieron decantarnos por esta opción.

La Cabra. Foto de ABC
La Cabra. Foto de ABC

Decidimos ir a comer en lugar de una cena. Siempre que podemos preferimos hacerlo así. Nos evita irnos a la cama muy llenos y además podemos hablar sobre la comida durante la tarde, para valorar mejor lo que hemos probado.

Espacio suficiente entre mesas. Decoración simple, casi minimalista. Un hermoso y gigante cuadro de un ojo psicodélico. “Cuernos” de metal a ambos lados. Ambiente tranquilo.

Nos decidimos por el Menú Desgustación “corto”. Son 9 platos (uno de ellos con 4 partes) y dos postres. Ya os adelanto que no salí con hambre, com mucha gente piensa en este tipo de restaurantes. También es verdad que eché en falta “algo más”. Glotón que es uno.

Menú degustación

 

Los entrantes son correctos. Para nosotros el mejor fue, sin duda, el chipirón: suavísimo y con mucho sabor. A mi el palito de rabo de toro me gustó mucho, especialmente por la salsa de lima que le acompañaba, aunque me pareció excesivamente pequeño.

Un punto a favor (y se repetiría con los platos) es la variedad. Cada plato, mejor o peor, era diferente al anterior.
Otro punto a favor es la vajilla. Soy un enamorado de las vajillas raras y diferentes y La Cabra sabe explotarlo a la perfección.

Pido perdón desde ya por no hacer fotos. Pero me apetecía disfrutar del día y de la comida sin pensar en el después.

Todas las que viene a continuación están sacadas de Tripadvisor. No hay de todos los platos, pero os hacéis una idea.

Arriba “Crujiente de piel de salmón de anguila”. Abajo “Burrata”

Rabo de toro. (lo de abajo es una piedra/plato)

Y empezamos con la comida. Primero “Guisantes, cebolla y crujiente de ibérico”. No puedo decir que estuviera malo, porque sería mentira. Pero no lo recordaré. Lo mejor era la presentación en una especie de tronco de árbol.

Bacalao. Una pequeña decepción. De las cuatro partes la primera no nos dijo mucho, la segunda tenía un toque de parrilla que hacía que supiera mucho a quemado y la tercera no tenía mucho sabor. Pero la cuarta, la cuarta… el mochi ¡MOCHI! Uno de esos platos que hacen que la comida valga la pena. Para pedir uno detrás de otro.

Y justo detrás el HUITLACOCHE. Otra maravilla. EL Huitlacoche es un producto que ya habíamos probado en DiverXO. Se trata de un hongo que crece en el maíz. En este caso lo acompañan con una crema de maíz (parecían natillas) y kikos. Un plato de 10.


HUITLACOCHE. SÍ, EN MAYÚSCULAS.

Después llegó el salmonete con crujiente de escamas cítricas. Muy bueno. Con mucho sabor y con mucha gracias las escamas, tanto por sabor como por texturas.
Y llegamos al tercer 10 de la comida. La Pluma Ibérica. Tan suave que se podía cortar con el tenedor. Y con un crujiente (en la foto se ve perfectamente) delicioso que le daba un plus. A la camarera le dejé caer que si me servía otro no me importaba…


Pluma ibérica.

Y los postres. Bien. Nada que objetar. Pero no nos enamoraron. El primero un conjunto de helados que ni fu ni fá. El segundo, todo de chocolate en diferentes texturas y formas mucho mejor. Pero es poco arriesgado para un restaurante de este nivel. No digo que yo pudiera hacerlo PERO.

En resumen, un menú con muchos altibajos: platos que ni fú ni fá y otros maravillosos. Me gustaría volver dentro de unos meses, cuando cambien el menú, para ver si corrigen estas cositas, especialmente con el bacalao y mejora el nivel, que el precio lo exige.
Además, al acabar tuvimos un pequeño “incidente” porque se olvidaron de traernos la cuenta. A punto estuvimos de irnos haciendo un sinpa… pero fuimos buenos.

Está en: Calle Francisco de Rojas, 2


Precio: 77 euros / persona.

 

DiverXO

Confieso que soy un poco obsesivo. Siempre lo he sido. Cuando algo me gusta lo busco, lo investigo, lo sigo hasta conocerlo como si fuera algo mío. Me pasa en el trabajo, donde, esté donde esté, me lo tomo siempre como si la empresa fuera mía. Y me ha pasado a lo largo de mi vida con gente como Michael Phelps, Iván Ferreiro, Beckham, Kilian Jornet… y una larga lista de personajes e instituciones con la que no merece la pena aburriros. Tranquilos, nunca les he perseguido hasta su casa. Tampoco quiero decir con esto que sea un fan de todas mis obsesiones. Hay gente que me llama mucho la atención y que no me gusta nada o que tiene ciertos valores con los que no estoy de acuerdo.

El caso es que una de mis últimas obsesiones fue DiverXO y su chef Dabiz Muñoz. El culpable de descubrírmelo fue mi amigo @luisete en este post de hace más de un año. Desde entonces he leído mucho sobre este restaurante. Bueno, creo que con el boom de la tercera estrella michelín todos hemos leído o escuchado a Dabiz, no? El Chester de Risto, la entrevista con Gabilondo, crónicas en los periódicos, blogs… Y no sólo leer, porque varias veces he ido a comer a StreetXO, lo que llaman la versión low cost. Y el tío encima es de La Elipa. Y runner.

Hasta ayer. Porque ayer estuve, por fin, en DiverXO.

(Nota, no hice fotos de los platos. Si queréis verlas tenéis muchas en el twitter de @dabizdiverxo y en este otro post de @luisete

Lo primero que uno ve al entrar son círculos hipnóticos, mariposas, cerdos con alas y hormigas gigantes plateadas. Ambiente distendido y camareros con petos verdes y gafitas redondas. Parecen los gnomos de la fábrica de juguetes de Santa Claus. Nos ponen en una mesa redonda. Grande. Blanca (todo es muy blanco, muy limpio). Butacas muy grandes y cómodas. Elegimos el menú menos largo (no se puede decir corto…). 8 lienzos. Comienza #ElXow

No es fácil, después de tantos meses esperando (y ahorrando, hay que decirlo todo) que la comida esté a la altura. Sí, joder, es un Tres Estrellas Michelín, pero es que las expectativas estaban tan altas… Y sin embargo cuando entras todo eso empieza a darte igual. Porque te tratan con cercanía, con la frescura de quien te invita a comer a su casa y espera que lo goces (y claro, tú vas y lo gozas) y no con la cara de quien hace eso todos los días (que claro, ellos lo hacen todos los días, y lo notas en lo bien que se coordinan). Y empiezas picando unas palomitas (sí, palomitas de maiz) y a probar sabores, texturas, mezclas… y das gracias por tener esa lengua de plástico entre los cubiertos (que cambian constantemente) para poder rebañar las salsas, que no quede nada. Y los lienzos van pasando uno tras otro. Y lo más sorprendente es que ninguno se parece. Y todos están buenos, muy buenos, jodidamente buenos. Salsas, carnes, pescados, cabezas de marisco que crees que son decorado y no, cosas que no sabías ni que existían y que están ahí no sólo por raras, sino porque están muy buenas. Y postre. Y cuando crees que has acabado: otro postre, que encima consta de dos partes y que lleva cosas como aceite, pica pica y polvo de aceitunas. No digo más. (Ahora entendéis que no pueda hablar de menú “corto”). 

Dos horas y algo de comida. Sin prisa pero sin pausa. Todo medido, para no agobiar ni que tampoco pases ratos muertos. Pido un café. Se acercan a nosotros y nos dicen “¿Queréis otro postre?”. Sólo había una respuesta: “Claro, aquí hemos venido a jugar”. Sabe a violetas.

Esto se acaba… pero no, nos invitan a otro café.

Ahora ya sí. Pagamos (sí, es una pasta. Y sí, repetiré en cuanto pueda). Pero aún hay más, Y una última sorpresa: nos invitan a pasar a la cocina. Enorme, limpia, llena de gente. Yo, que trabajo en Salycop, donde hacemos cientos de kilos de comida al día de forma casera, alucino viendo cómo su cocina, para dar de comer a 30 personas, es más grande que la nuestra. Charlamos con el jefe de sala, que nos cuenta cómo han ido creciendo, nos habla de la inauguración del nuevo local de StreetXO, de la enorme plantilla que tienen… Y sí, aquí acabó nuestra visita.

Ya estoy deseando volver.