La autocrítica que no lo era

En estos días de recortes, Eurocopas y previos olímpicos, circulan por la red (supongo que como por los bares, pero es que yo no los visito muy a menudo. Uno prefiere más la calma de su casa, la comodidad de su aire acondicionado, el hueco de su sofá y especialmente el ahorro económico) varios comentarios entre la broma y la crítica seria a quienes vemos estos partidos de fútbol, argumentando criticando que esto nos aborrega y nos impide salir a la calle contra los recortes que el Gobierno de quien será conocido por Mariano el Corto (que nadie se me ofenda, es que creo que no va a acabar la legislatura…).

La crítica, fácil y resultona se basa en el argumento (perdón) de que el deporte y las neuronas están reñidas. Como si no hubiera ningún esfuerzo mental en entrenar todos los días, como si no hubiera belleza en una estirada de Casillas y sí en una de Tamara Rojo, como si soportar la tentación de dejar un libro y salir al parque fuera mayor que la de abandonar un maratón…

Pero es aún peor, porque bajo esa crítica a una sociedad que ¡Oh, sorpresa! quiere celebrar triunfos es en el fondo la autocrítica (aunque no lo sepan, porque no gastan mucho de eso) de aquellos que miran con envidia como sus concentraciones, sus manifestaciones y sus banderas van haciéndose cada vez menos numerosas. Como su poder disminuye día a día, como sus reivindicaciones son cada día menos intensas (no confundir con la intensidad de los chillidos) a pesar de ser más necesarias que nunca. Como sus mensajes no llegan, por mucho que los repitan (o justamente por eso, porque sólo los repiten). Como no llegan a convencer, y lo que es peor, que ya no vencen a nadie.