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Desde que nacemos, las películas de Hollywood nos han enseñado un mundo con final feliz. La última de las escenas, más o menos, viene a ser un chico con manchas de guerra, quizá un corte en la cara, que acaba de salvar al mundo (o a su país, que para los americanos viene a ser lo mismo) de su inevitable destrucción. A su lado, una bella (siempre bella) chica le espera para darle el beso y el abrazo que representa el beso y el abrazo de todo un país.

Foto de A.Ruesga en ElPaís.com
Y es que el fútbol tiene algo de cine. Todos saben perfectamente su papel durante los 90 minutos. La única diferencia es que aquí no hay guión y el director no puede decir Corten!. Además, como en las buenas películas, la guerra no se acaba con un sinfín de disparos. Más bien al revés. Tras un momento en el que nos creíamos muertos (¡Ay Robben lo que te quitó Iker de los pies!) y lamentábamos nuestra mala suerte (¿por qué no metiste ese gol Cesc?), cuando ya todo parecía perdido, cuando los malos, los duros, los sucios parecían arrebatarnos lo que debía ser nuestro, cuando nos encañonaban en la nuca relatando los 40 años que llevaban esperando este momento… todo cambió. Fue al final, sin más tiempo que para la lágrima, el aplauso y el abrazo.
Nuestro héroe no tenía sangre, sino hierba en su ropa. Pero eso fue más o menos lo que pasó al final. Sara Carbonero, la criticada, apareció como la periodista Lois Lane cuando entrevistaba a un Iker Casillas que ella veía portero, como si sólo fuera Clark Kent, pero que todos los espectadores sabíamos que era Superman. Al final él se quitó las gafas (serían las lágrimas…), se puso la capa y la besó.
… y esa noche todos fuimos felices y, con una estrella en el pecho, comimos perdices.
Pd: Continuará…
Pd2: Que un jugador como Iniesta, que acababa de meter el gol más importante de la historia del fútbol español se acordase del fallecido Jarque, su amigo, es un gesto tan enorme, que pocas palabras podrían definirlo.






