Despegar

A veces, recordar las cosas obvias, es lo menos obvio. Pensar en buscar soluciones en lugar de buscar problemas. Sacarle la lengua a la vida. Ver el horizonte y decidirse a andar hacia él. Despegar sin miedo a no llevar paracaídas. Sonreír porque sí. Porque estamos vivos, que no es poco. Porque podemos seguir aprendiendo, mejorando. La vida no es fácil, pero así es más vida. Seguir. Avanzar. No tomar demasiado en serio a las fronteras. Estar un rato a solas. Dedicarte tu propio tiempo. Bailar. Cantar en la ducha. Amar a alguien como si no hubiera un mañana. Saber que no estás solo. Ayudar a quien tienes al lado. Correr. Nadar. Gritar de vez en cuando. Hablar bajito a menudo. Jugar. Llorar cuando haga falta. Aplaudir con entusiasmo. Acordarte de quien te dio esos empujoncitos para llevarte donde estás ahora. Mimar. Callar. Escuchar el silencio. Abrazar y sentirse abrazado. Besar. Vivir. ¡Joder, vivir!

Remedios para despegar los pies del suelo.
Foto de Sary Garcia

A más leer menos escribir

Quizá sean sensaciones o quizá sea tan solo una racha. Pero últimamente me cuesta más escribir. Y no creo que sea porque me faltan cosas que decir. O sí. Sí tengo cosas que decir, pero a medida que voy leyendo en periódicos, columnas, blogs favoritos, enlaces que pillo por twitter… voy pensando “ya lo han dicho todo”.

A lo mejor debería escribir a primera hora, con la mete “fresca” y sin ningún condicionante. A esta hora de la mañana (y a medida que avanza el día es peor) pienso que todas mis ideas no son mías, que son sólo un plagio. En realidad todas las ideas son un plagio, pero no es lo mismo cuando escribes sobre algo que has oído hace tiempo, cogiendo de aquí y de allá, mezclando con lo estudiado. No es lo mismo. Y quizá da igual, porque nadie sabe de donde he tomado cada idea, pero a mi no me da igual. Y aunque exista gente a la que esto le parezca raro, escribo por mí, no para mi ego.

Aunque supongo que no muchos sepan notar la diferencia…

Palabras más, palabras menos

No soy miembro de la RAE (aunque confieso que la consulto a diario) y con toda probabilidad cometa innumerables faltas de ortografía y de significado y de matices. Seguramente haya varias erratas en este post. No pretendo dar lecciones a nadie, ni mucho menos. Soy apenas un “Suficiente” en el correcto uso de nuestra lengua. Pero señores, usémosla y hagámoslo bien, al menos en la intención.

Y llamemos a cada cosa por su nombre. Sin miedo y sin aspavientos. Las cosas son lo que son y nada más. No hace falta que le demos mil vueltas. Un gilipollas es un gilipollas y un tullido es un tullido.

En nuestra lengua tenemos la fortuna de tener términos suficientes para (casi) cada cosa. Y claro, aparecen nuevos, porque la sociedad avanza. Pero, por favor, llamemos a las cosas por su nombre.

De cremalleras

¿Cuando decide una cremallera no cerrar bien? Es decir, una la mira, abierta, desde arriba, y todos sus componentes parecen perfectos. Y tira de ella y se va cerrando hasta que, de repente y en un punto indefinido (un punto, al menos, no definido anteriormente) se abre en V y ya no cierra más.  Y sin embargo, si uno hace esto suavemente quizá tenga suerte y la cremallera se salte ese punto y cierre completamente. La velocidad, o su ausencia, o la suavidad más bien, hacen que sea posible, que obvie el punto indefinido que hace que todo se vaya al garete.

¿Cuando decide una cremallera no cerrar bien? Seguramente haya una explicación, aunque seguramente tenga tan poca importancia que nadie se haya molestado en dar una. Pero la vida está llena de cremalleras, y unas cierran bien siempre y otras solo lo hacen cuando tiramos de ellas con suavidad. La vida y las cremalleras al final son lo mismo. Un viaje con principio y fin donde uno puede tener un sobresalto y no acabar su tarea, sea esa cual sea.

Equivocando conceptos

Vivimos tiempos confusos. Tiempos en los que confundimos la libertad de quejarse con el respeto a los muertos. Días en los que ser un maleducado mola, porque todo el mundo es políticamente correcto y, claro, hay que destacar, aunque sea con exabruptos perfectamente escritos. Situaciones en las que se puede llamar comepollas a una ministra y su jefe le muestra su apoyo en lugar de su crítica (no vayamos a hablar de cese…). Momentos en los que un periodista (o lo que sea) presume de haberse follado a dos niñas, y eso se publica, y aquí no pasa nada.

A todo esto le suelen llamar Libertad de Expresión, habitualmente los mismos. Generalmente suponiendo que meter la palabra “libertad” en un debate te da automáticamente la razón. Dando por sentado que la educación y el respeto a los demás (a los mencionados y a los oyentes) no pueden ni deben tenerse en cuenta. Lo importante es que “YO cuente lo que me salga de las pelotas, que para eso las tengo”, obviando que se habla con la boca y se piensa, preferiblemente, con la cabeza.

Y a mi, que me parece que esto tiene poco de libertad y absolutamente nada de expresión, se me hiela la sangre al pensar que medio país defienda estas actitudes.

¿Por qué fútbol?

Días como hoy, ajenos e ilusionados miramos a los ojos de la gente. Nos cruzamos en las calles, en el autobús, en el trabajo. Algo brilla en los ojos. Quizá sea una lágrima que no quiso llegar a salir. Quizá sea el reflejo de unos focos en un balón que surcaba el aire…

Nos miramos y muchos nos preguntamos “¿por qué fútbol?”. Podríamos buscar una explicación más o menos racional. Al fin y al cabo el fútbol es diferente de todos los otros deportes. Es el único donde el balón se juega con el pie. Vale que también en rugby o fútbol americano le dan patadas, pero no es lo mismo. Primero porque es algo ocasional (como los saques de banda) y segundo porque no hay técnica, no hay clase, no hay cariño. Piensen en el tenis, en el hockey, en el baloncesto, balonmano… Otra explicación podría ser la facilidad para jugarlo. Desde pequeños nos ha bastado unas marcas en la pared o unas mochilas para hacer de portería y el balón podría ser incluso el papel de aluminio que envolvía nuestras meriendas. Así, poco a poco, ha ido atravesando nuestra piel hasta tocarnos el alma. Y una vez ahí estamos tocados para siempre. Inevitable.

Y sin embargo, después de todo, el fútbol nos une por encima de ideologías, de crisis, de salarios… Los que hacemos o nos interesamos por la política deberíamos dejar el reproche fácil: “todos esos que se unen por el fútbol ya se podrían unir por defender sus derechos” y aprender la lección: Nos podemos unir por un objetivo común. Quizá la respuesta sea, como dice Punset para la educación, llevar la imaginación y la diversión. La letra con sangre entra ya no vale (quizá nunca sirvió de mucho) así como seguramente ya no valgan los gritos desgarrados de los mítines. Ese es el reto.

Foto de as.com

Pero, volviendo al inicio: “¿por qué fútbol?” Seguramente porque se trata, al final, de algo primario. No, no hablo de testosterona. Hace tiempo descubrimos que los cojones no ganan partidos. Hablo de algo mucho más primario: la fe. La fe con la que se  golpea una balón, incluso este Jabulani de efectos tan extraños. Da igual como. Uno sabe que con esa fe acabará entre las redes, en la gloria. La fe, por ejemplo, con la que saltó Puyol para meternos en la primera final de un Mundial. Dicen que la fe es cosa de dioses. Seguramente algún niño esta noche haya soñado en que estos chicos de La Roja son el Olimpo.

Y allí estaremos, en la final, con nuestros recuerdos de balones de papel de aluminio y las banderas en los balcones y el corazón en un puño.

Saint Lazare (o estar a punto de…)

Tengo esta foto en mi casa. Se trata de una fotografía de 1932 de Henri Cartier-Bresson, uno de los fundadores de la agencia Magnum. Está tomada en la estación Saint Lazare de París, en un momento cualquiera. No sé porque está ese charco ahí ni porque ese señor lo quiere saltar, pero hay dos cosas que me maravillan de ella. Primero la difusa imagen del personaje. Prácticamente se ve con la misma (no) nitidez que su reflejo en el agua. Un charco de agua que, salvo el ligero movimiento que provoca la escalera del suelo, bien podría parecer una pista de hielo.

Pero lo que realmente me encanta (o me inquieta) de la foto es justo el momento en el que está tomada (algo que siempre fue el eje de la obra de Cartier-Bresson). Ese momento en el que el talón real está a punto de tocar el talón reflejado. No se tocan, todavía. Pero casi.

Desde que vi la foto pensé que esa distancia mínima, ese casi, significaba uno de esos momentos mágicos. Como cuando haces una de esas preguntas importantes y ves en los ojos, antes de salir el aire por la boca, que la respuesta va a ser un . O como, sin palabras de por medio, uno sabe que va a besar por primera vez a esa chica, y empieza a mover el cuello y los labios. Ese instante, magico, de lo que está a punto de llegar de forma inevitable, pero aún no ha pasado.

5 Breves

Castelldefels: Horrible tragedia que podría haberse evitado. Eso es lo triste. Estuviera o no el paso subterráneo cerrado, nunca se deben cruzar las vías. Estamos acostumbrados a ver anuncios de la DGT. No estaría mal que se nos recordase a los peatones ciertas cosas, en nuestro propio beneficio

Sara Carbonero: Poco defensor soy yo de Telecinco, pero la vergüenza con lo que se está diciendo de la periodista no proviene de la cadena, al menos de sus deportes. Sara ya trabajaba en T5 antes de salir con Iker Casillas, quien ya era capitán de la selección. Además, habría que recordar a la Asociación de Periodistas que es la FIFA quien decide donde se ponen los periodistas, no estos mismos, así que Sara Carbonero nada tiene que ver en hablar junto a la portería.

Burka: Seguramente a todos nos parezca normal  que todo el mundo tenga que ser identificado al entrar a un lugar público. Al menos en los vigilados, claro. Seguramente también estemos de acuerdo en carácter machista que conllevan ciertas prácticas, pero la solución no puede ser excluir más a mujeres que ya están excluídas. Mal camino el que llevamos.

McCrhystal: Error de principante el del general estadounidense. Obama ha sabido reaccionar. Nadie puede dejar de respetar la cadena de mando. Solo el ego de quien se cree intocable puede hacerle caer en eso. Y hoy en día nadie es intocable. Todos deberíamos tomar nota, aunque no sea Obama el que tenemos por encima.

Picasso: Se vende una obra (El bebedor de absenta) por más de 42 millones de euros. Inexplicablemente nadie salta a criticarlo (o yo, al menos, no he oído nada). Somos tan clasistas que incluso, entre ricos, hacemos diferencias.


Competitividad personal

Vivimos una época de competición salvaje. Desde que nacemos se nos educa en una sociedad en la que solo vale ser el mejor: el mejor de clase, el mejor jugando al fútbol, el mejor con los amigos, el mejor con las chicas, el mejor de los mejores.

Y no está del todo mal la competitividad. Creo que ayuda a mejorar, a esforzarse un poco más, a avanzar. Pero hay que entenderla bien. El objetivo de ser el mejor no consiste en tener al resto por debajo tuya. Consiste en ser tu el que más alto esté. Es parecido pero no tiene nada que ver.

Pensar en, simplemente, estar cada día más alto no te llevará nunca a pisotear a nadie. Uno mira hacia arriba. Y con esa mirada busca mejorar él. Y si los demás mejoran no pasa nada. Porque lo importante no es cuanta gente tengas por debajo ni cuanta por encima. Lo importante es la altura que alcanzas. Y disfrutar del vuelo.

Productividad en jornadas

Cada día es más común acudir a unas Jornadas de. Allí nos impartirán, seguro, grandes conocimientos sobre el tema, ya sea medioambiente, economía, política… Con un poco de suerte, además de una charla, uno se puede encontrar con un debate. Un debate que puede, incluso, llegar a ser interesante.

Para eso están las jornadas. Y está bien. Para lo que no están es para ser una colección de cargos. No tiene ningún sentido llevar al “Director General de…” si no tiene ni idea de lo que habla. Mucho más útil llevar a quien de verdad curra en eso, al que sabe del tema. Lo mismo no queda tan bien en el cartel, pero es más útil.

Lo mismo pasa con las inauguraciones y presentaciones. No está mal que alguien hable para introducir un poco el tema a tratar, para indicar cómo van a ser las jornadas pero ¿es necesario que hablen 5 personas para decir lo importante que es hablar de medioambiente o economía o política o…? Si estás allí es que ya te interesa ese tema. ¿Es necesario que un señor cuya empresa ha puesto su logo en el cartel me diga que “hemos tenido unas buenas jornadas”?

Señores organizadores de eventos y jornadas: al grano, por favor.