Esta historia

Por problemas técnicos (vamos, porque no he tenido tiempo…) no pude hacer mi pequeño homenaje al Día del Libro. Simplemente he seleccionado un fragmento que me gusta especialmente de Esta Historia, de Alessandro Baricco, mi escritor favorito. Espero que os guste.

 

Alessandro Baricco

Esta historia

Florence no había querido saber nada del asunto, y Libero Parri tenía una carrera con el conde, no muy lejos de allí: de manera que al cine Ultimo se fue solo. Ni siquiera sabía muy bien de qué iba todo aquello, y no esperaba gran cosa. Pero lucía un hermoso sol, alto en el cielo, y la idea de ir caminando hasta el pueblo, pasando por las otras granjas a recoger a sus amigos, le había gustado. A su madre le dijo que volvería para la cena, y que no tenía que preocuparse.

En la sala municipal lo habían llenado todo con sillas. En la pared, al fondo, había una hábil composición con sábanas, colgada del muro, tan planchada que no se veía ni una arruga. Bortolazzi, que no era tonto, había organizado un pequeño espectáculo previo, consistente en la venta de sus artículos a precios especiales. Cuando Ultimo y sus amigos entraron, estaba desenfundando una almohada con gestos de prestidigitador, mientras gritaba algo sobre el algodón inglés. Sabía cómo actuar, pero la gente no compraba, en parte por despecho, y en gran parte porque no tenían ni una lira, y las sábanas no las tiraban aunque los viejos hubieran muerto dentro de ellas. Un buen lavado y ya está.

Ultimo se metió con los demás entre las sillas, buscando un sitio que estuviera libre. Al final, se colocaron sobre las cajas que el alcalde había hecho que pusieran al fondo de la sala, y que en su cabeza probablemente constituían el gallinero. Si uno se daba la vuelta podía ver, a pocos metros, izado sobre una mesa de la parroquia, el gran proyector: estaba esmaltado y era brillante, y un señor con sombrero lo iba engrasando con una seriedad de cirujano. A Ultimo le gustó mucho aquello, porque le recordaba su motocicleta: incluso tenía sus ruedas, aunque estaban en una extraña posición. Digamos que parecía su motocicleta después de un accidente. Un aplauso de sincero agradecimiento saludó a Bortolazzi, que se había decidido a recoger su género, y había pasado a presentar la película. Dijo algo sobre el hecho de que el cine era el invento del siglo, pero no se le escuchó muy bien porque la gente había empezado a silbar. Añadió que algunas escenas podían resultar «dolorosamente impresionantes» para el público local, y entonces Ultimo y sus amigos se pusieron a ulular de miedo, y la cosa tuvo cierto seguimiento. Al final se despidió de todo el mundo, dándole las gracias a la firma Ala Blanca que había permitido la realización de aquel espectáculo. La firma Ala Blanca era la suya. Lo que pasó después es digno de crédito si nos atenemos al perfil, llamémosle así, cultural de aquellos tiempos, y de aquellos lugares. Se levantó el párroco y acompañó al auditorio en el rezo del Salve Regina, en latín. Luego bendijo la sala y la pantalla, con la colaboración de un monaguillo que llevaba las ropas del santo patrón. Todos inclinaron la cabeza, sombrero en mano. Menudo disparate.

Fue apenas un instante antes de que se apagaran las luces cuando Ultimo vio deslizarse por la fila de delante de la suya —con pequeños pasos, disculpándose con una sonrisa memorable— a la mujer más hermosa que había visto en su vida. Le habían guardado un sitio libre, y el sitio era el que estaba justo delante de Ultimo. Ella llegó hasta allí y, también por el asunto de la sombra de oro, antes de saludar al hombre que la estaba esperando, se entretuvo un momento mirando a aquel chiquillo: sin saber por qué le dijo Hola, inclinando un poco la cabeza. Ultimo sintió que la sangre se le ausentaba momentáneamente de todos los lugares en que debería haber estado. Ella se dio la vuelta y se sentó. Con un gesto que de tan sabio llegaba hasta el punto de resultar invisible, dejó que se le resbalara el jersey por los hombros, dejándolo caer sobre el respaldo de la silla. Llevaba uno de esos vestidos que dejan los hombros y los brazos desnudos y que en el campo sólo se conocen porque han oído hablar de ellos. Uno se preguntaba cómo podía mantenerse allí arriba, sin tirantes, y sin nada. Ultimo no osó decirse que era el pecho lo que mantenía todo en su sitio, por delante, pero lo pensó. De manera que durante un rato tuvo problemas para tragar. Intentó mirar a su alrededor, para desdramatizar, pero sus ojos seguían fijándose en aquel cuello delgado, perfecto, que el pelo, recogido en la nuca , dejaba al descubierto. Sólo algún mechón, dejado en libertad con arte, caía hacia abajo, para amortiguar el resplandor. Ultimo sintió en sus labios la tibieza que aquella piel devolvería con la leve presión de un beso. De modo que, al apagarse la luz, ni siquiera oyó el estruendo de gritos y aplausos con que el auditorio exorcizaba la emoción. Ni levantó la mirada, como todo el mundo, hacia la lencería de Bortolazzi, que se teñía con mundos insospechados. Se quedó mirando fijamente el perfil oscuro que, contra la luz de la pantalla, bajaba desde la oreja derecha de la mujer, corría por el cuello, luego ascendía ligeramente junto al hombro, rodaba a su alrededor, y finalmente se dejaba caer hasta el codo, donde desaparecía en la oscuridad. Era una visión, aquélla sí, «dolorosamente impresionante», y Ultimo descubrió en ella, por primera vez, cuán lacerante puede ser el deseo, cuando quien nos lo ofrece es el cuerpo de una mujer. Se quedó como asustado. Y quizá fuera por eso por lo que, lentamente, repasando adelante y atrás con los ojos aquel perfil sin mellas, por decirlo de algún modo, empezó a despojarlo de cuanto tenía de femenino, y a llevarlo hacia una belleza más secreta, donde la piel se convertía en simple línea; y el cuerpo, en un dibujo grabado y repujado sobre la claridad de la pantalla. Era algo que lo tranquilizaba, porque aquella belleza él ya la conocía. Se olvidó de la mujer y se entregó a otra perfección, repasando la línea pura y el dibujo hasta que se convirtieron en trayectoria y trazado —y carretera. Entonces tomó posesión de ella, como sabía hacer él. Descendía a lo largo del cuello, luego doblaba a la derecha, aceleraba sobre la recta levemente en ascenso, aflojaba en la cima del hombro, se dejaba caer hacia la derecha y salía hacia el exterior enfilando la suave recta del brazo. Primero lo hizo sólo con el cerebro, para ir tomando las medidas, luego empezó a notar la carretera en su cuerpo y, lentamente, a hacer el ruido del motor, con la boca. Si alguien lo hubiera visto, habría podido equivocarse, porque los movimientos de su pelvis recordaban otras cosas. Pero no era culpa suya si las motos se conducen, sobre todo, con el culo. En esa analogía, por otra parte, se revelaba, una vez más, que infinitas son las formas de poseer un cuerpo, y que no necesariamente la más instintiva es también la más irrevocable. Ultimo, que nunca se habría atrevido, o podido, tocar aquel hombro, ahora estaba corriendo por encima de él, descubriendo sus secretos uno a uno. Allí, en medio de la gente, se aprovechaba de una intimidad que un amante refinado habría tardado meses en conseguir.

Créase o no, la mujer levantó una mano, y con los dedos se rozó el hombro, como para sacarse algo que no sabía lo que era.

Allí terminó la infancia de Ultimo.

 

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