Inmigrantes, ya no os queremos

Ese podría ser el lema de la (extrema)derecha que abandera en estos momentos Alicia Sánchez Camacho y su «contrato para inmigrantes». Un contrato que supondría la expulsión de dichos inmigrantes si, entre otras cosas, se quedan en el paro. Situación, que, como todos vemos en nuestro día a día seguro que se produce porque los inmigrantes (todos, sin excepción) son unos vagos, ¿verdad? Y digo «entre otras cosas», porque también deberán respetar las costumbres y la cultura, y a aprender las lenguas oficiales de Cataluña. Es decir, que si usted nace en Cataluña puede cagarse en el catalán, en los correbous, en el pan con tumaca y hasta en el Fútbol Club Barcelona, pero si nace en Marruecos, en China o en Ecuador, por ejemplo, no.

El fondo de este asunto es fácil: mientras las cosas van bien, que las mierdas de los abuelos, las frutas y los ladrillos de la obra los recojan los inmigrantes. Pero ahora que las cosas van mal, que se vuelvan a su país, que los españoles (que hemos rechazado sistemáticamente estos trabajos de segunda) tenemos que vivir de algo. Y da igual si son buenos trabajadores, de esos que llegan a su hora, no dan un solo problema y si hace falta echan una mano. Da igual, porque lo que hay que hacer es contratar a un españolito que no quiso ese trabajo hace dos años y que dentro de dos lo volverá a dejar, para ser comercial vendehumos del tufo del momento (llámese ladrillo, coches o lo que sea). ¿Verdad?

Pero Alicia Sánchez no solo no quiere a los inmigrantes, tampoco, según dijo el otro día, quiere igual a los homosexuales. La chica es una joya: xenófoba y homófoba. ¿Puede tener algo más? Pues sí, es tonta. Muy tonta. Tan tonta como para justificar que los homosexuales no puedan adoptar porque «necesitan un padre y una madre» siendo ella madre soltera por inseminación artificial.

No es solo racismo

Lo bueno de leer es que a veces uno se encuentra con escritos que definen a la perfección las ideas que a uno le rondan por la cabeza pero que no ha sabido expresar en palabras.

Eso es lo que me ha pasado a mí al leer esta carta al director de elpaís y que os copio a continuación.

En Rosarno (Italia), con la fuerza bruta, y en Vic (España), negándoles el empadronamiento y por tanto la identidad civil (educación, salud y cobertura de las necesidades básicas), Europa se libra de los extranjeros no deseados.

Queríamos un joven, soltero, centroafricano, musulmán no practicante, para la agricultura de primor española o italiana; una mujer de mediana edad, con cargas familiares en origen, de tez clara, y católica practicante para el servicio doméstico; peones, sin familia, que vivan en las obras donde trabajan, y dispuestos a la movilidad continua de tajo en tajo, para la construcción; mujeres y hombres sin horario laboral para la hostelería, la limpieza industrial y el comercio; conductores incansables para el transporte y la distribución de mercancías; mujeres jóvenes y con formación sanitaria para las residencias de tercera edad…, todos ellos dispuestos a cobrar un 40% menos que la media, porque se reconocen menos productivos, que accedan sin condiciones previas a su puesto de trabajo, y que, en la medida en que puedan, se hagan invisibles en lo cotidiano… pero llegaron personas.

El contrato de extranjería es la punta del iceberg del contrato social con el que pretendemos rearmar la democracia europea, el más burdo, el más explícito, el más hiriente, pone de manifiesto la estructura de dominación en que se fundamenta la UE y cuestiona la legitimidad del sistema político que se pretende establecer.

Al negar la capacidad de decisión y actuación a los inmigrantes (extranjeros que vienen a trabajar) nos la están negando a todos los trabajadores.

No es sólo racismo, se trata de la economía, de la distribución de rentas en ambas orillas de la migración.

LUIS FERNANDO CRESPO ZORITA – Alcalá de Henares, Madrid